El árbol que cayó era tan grande que no
había ninguna otra opción que dejar el coche en el bosque e ir a pie al pueblo
más cercano. Luisa no quería pasar la noche sola en su coche especialmente que no
había un alma en kilómetros. Sí que podía llamar a los servicios de asistencia
en carretera, pero en esta nevasca era más
rápido actuar por su propia cuenta. Retriró
la llave del contacto, cogió
su bolsa y salió del coche. De repente sentió
el frío y el viento huracanado mezclado con la nieve la atraviesó. Era diciembre y aunque fueron las seis de la tarde estaba muy oscuro y lúgubre. Luisa estaba pensando cuántos kilómetros
tendrá que ir en esta tormenta de nieve. Se podía oír solo el audillo del
viento y el murmullo de las hojas en los árboles. Seguía el camino, la nieve
crujía debajo de sus zapatos. Después de diez minutos del camino estaba helada
hasta los husesos. Cuando se dio la vuelta ya no veía el coche, pero por más
oscuro que se pusiera podía ver que desde lejos se mueve alguna figura oscura. No
sabía si eso era alguna rabia selvática o algun hombre loco que pasea por el
bosque durante una tormenta de nieve. Luisa se quedó quieta como
una estatura, mirándolo fijamente. A medida de que se aproximada la figura
oscura se dio cuenta que eso había un hombre en una capa que seguía hacia ella.
¿Qué
podía hacer un hombre en el medio del bosque en este tiempo? Estaba pensando si ahora es un buen tiempo para empezar a
correr a toda leche o no cundar el pánico. Para ser sincera, en el momento en
que vio a un hombre toda su vida pasó frente a sus ojos.
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