Luisa vió también un armario abierto donde
estaban colocados abrigos del hombre,
cosas de mujeres y el resto de todas cosas desordenadas y abandonadas. Pero lo
que llamó la atención de Luisa eran los juegetes
desparramados por el suelo. Se dio cuenta de que aquí vivía un niño. Pero en
este tiempo no había nadie en la casa. Ahora cuando Luisa, como una mujer de
treinta años, mencionaba esta escena de su vida, se profundizó más en esta
situación. Se dió cuenta de que la familia que vivía allí dejó la casa inesperadamente,
dejando todas sus cosas en casa. La familia no podía mudarse en circunstancias
normales, porque nadie dejaría sus cosas en casa. Parecía que la familia huyó
de la casa o alguien les expulsó. Luisa estaba imaginándose cómo es la casa
ahora, si alguien durante estos veinte años de su vista allí vinió a vivir a
esta cabaña. Tenía
las ganas de volver al pueblo y comprobar la cabaña e incluso preguntar a los
lugareños por la familia que vivía bajo el bosque y abandonó la casa. Luisa no
sabía porque esta situación provocó en ella tanta curiosidad, especialmente que
llevó veinte años de su visita allí, pero sabía que quiere volver al pueblo.
Mientras tanto, cuando se oscuró, Luisa se metió en la cama y cierró los ojos.
Estaba durmiendo cuando de repente oyó un sonido conocido: el lloro del niño,
pero esta vez vio algo más. El lloro venía de la cabaña que mencionaba el día
antes.
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